En el relato del libro del Génesis sobre la creación de la mujer que se lee en la primera lectura de este domingo no está pensado para informarnos cómo apareció la mujer en el mundo sino para darnos el auténtico sentido del sexo y del matrimonio de acuerdo al proyecto de Dios.
El hombre "sólo" no es completo. Llega a la "plenitud" en la pareja, formando los dos una sola carne. Dios nos hizo incompletos para que nos amásemos y creáramos la plenitud del amor.
Pero como nuestra condición humana tiene limitaciones, nos desviamos del manual de instrucciones que Dios pensó para nosotros, Jesús vino a mostrarnos nuevamente cuál es el auténtico proyecto de Dios.
El Evangelio nos muestra que Jesús no quiso dictar normas jurídicas, sino por el contrario, vino a manifestar el ideal del matrimonio.
Como muchas veces los conflictos del matrimonio comienzan en el noviazgo, el Padre Mamerto Menapace nos habla de eso precisamente, del noviazgo.
Dice que casi nadie se casa con la primera persona de la que se enamora, y ese primer amor, es algo muy especial, que no se vuelve a repetir. No se vuelve a repetir, porque el primer amor suele ser una simple proyección de lo que andamos buscando.
Luego, el tiempo suele mostrar que "el otro" no era como uno creía. Y el error, no está en el otro, sino en nosotros, que imaginamos que era más de lo que la realidad daba a entender.
Esta primera etapa , bien llevada, ayuda a crecer en el propio conocimiento y en el de otra persona. Y puede concluir en dos finales igualmente felices. Uno de esos dos finales felices, es aquel por el cual llegamos a discernir que la otra persona "no" es la indicada como para unirse a ella en matrimonio. Es un final doloroso, pero es un buen final, porque ayuda a ver la verdad y a evitar errores en la decisión futura.
La otra manera de terminar esta etapa, es llegando a la conclusión de que vale la pena arriesgar, porque se descubre que pueden llegar a hacerse mutuamente felices en un matrimonio futuro.
Llegados hasta aquí,... el noviazgo entra en otra etapa.
Ya no es un mirarse el uno al otro, sino ponerse a mirar los dos en una misma dirección. Hay un proyecto común para el futuro, y se busca llegar a una meta que es compartir definitivamente la vida en una pareja santificada por el Sacramento del Matrimonio.
"El matrimonio", debería concretarse recién cuando estamos en esta segunda etapa, cuando con plena libertad y con conocimiento, se está capacitado para decir al otro: "Yo soy tuyo". Entonces, se puede dar el paso definitivo.
En el proyecto cristiano de noviazgo, tal como lo interpreta la Iglesia a la luz del Evangelio, las relaciones sexuales sólo encuentran su verdadero lugar en la pareja definitivamente unida por la gracia del sacramento. Sólo entonces, serán expresión de un amor que de verdad podrá decir ante Dios: Yo soy tuyo.
Y "la vida" encontrará preparados a los dos como para "recibirla en el hijo".
La concreción de un matrimonio como Dios lo pensó, requiere que enseñemos a nuestros hijos, ya desde niños y con mayor razón aún en la adolescencia a relacionarse, y por sobre todo "a comprometerse".
No hay que perder de vista que el día del casamiento, no es el final del camino, sino más bien el inicio de una larga y afanosa marcha, es el comienzo del camino.
Con el sacramento del matrimonio, la gracia de Dios, viene en auxilio de los esposos cristianos para alcanzar la meta a la que han sido llamados.
Pero el amor de los esposos, debe superar las desavenencias que inevitablemente surgen con la convivencia, para que su amor pueda ser un amor duradero.
Decía Pitágoras:
Si estás cansado de descansar, entonces cásate. Porque pronto comenzarán las desavenencias.
Este por supuesto no es el ideal cristiano de matrimonio.
Las desavenencias van a existir, pero si las sabemos superar, nos van a ayudar a crecer. Nos puede ayudar en nuestra tarea, el tratar siempre antes de generar una discusión, ponernos en el lugar el otro. Tenemos que saber hacernos una sana autocrítica, porque muchas veces la raíz de los problemas está en nosotros mismos. Además es importante ejercitar el respeto por el otro, y por sobre todo, saber perdonar.
El amor de los esposos debe superar la monotonía y la rutina, sus enemigos en la luchas por conseguir un amor matrimonial fiel. Para conseguirlo nos puede ayudar el cultivar un auténtico diálogo en nuestro matrimonio. El diálogo profundo, no ese hablar superficial de los demás. El verdadero diálogo es darnos el tiempo y hablar de nosotros, de nuestros problemas, de nuestras expectativas, de las cosas que anhelamos, de las que nos hacen felices.
La "meta final" de los esposos cristianos, es llegar a la santidad a través de nuestra vocación al matrimonio, para la que fuimos llamados por Dios.
Todo amor viene de Dios y vuelve a Dios, y el amor de los esposos, nos permite
manifestarnos entre nosotros el amor de Dios y luego encaminarnos hasta El.
Para los esposos hay una sola manera de amar verdaderamente a Dios: es a través de nuestro marido o de nuestra mujer.
Decía una señora: El amor a mi marido es verificable, en cambio en el cariño que le tengo a Dios muchas veces me puedo engañar; por eso prefiero demostrarle a Dios mi amor, atendiendo a mi marido.
Hoy vamos a pedirle al Señor, alcanzar el ideal de matrimonio, y vamos a pedirle a él que tome en sus manos las dificultades por las que atraviesan hoy los matrimonios y les ayude a superarlas.